Retomo el blog, que tan abandonado tenía, en estos días de confinamiento y estado de alarma. ¿Quién nos iba a decir que iríamos al supermercado entrando a turnos, con guantes, mascarilla y respetando más de un metro de distancia unos con otros?

Por suerte la comida no escasea y, para quienes tenemos niños pequeños en casa, Netflix hace poco que incorporó a su catálogo muchas películas de Studio Ghibli. Entre ellas destaco Mi vecino Totoro, de Hayao Miyazaki, que le ha encantado a mi hija mayor (4 años) y que en 4 días hemos visto ya 3 veces.

Escena de Mi vecino Totoro

Es una obra maestra de hora y media que afortunadamente desengancha por momentos a la niña de los contenidos que consume en YouTube (de dudosos filtros pedagógicos -y no se puede pedir toda la responsabilidad en este sentido a los padres, que vigilamos y controlamos lo que ve pero lamentamos que no exista un mínimo de calidad e incluso guión-). Con Totoro eso no pasa... se describe maravillosamente lo rural, las relaciones paternofiliales, el juego cómplice entre hermanas, la fantasía propia de los niños y la lógica ayuda entre vecinos. Un oasis sensorial entre tanta mierda que vivimos... ambientes pasados de futuros ya imposibles.

Por lo menos parece que este COVID-19 hará que pongamos en valor muchas cosas mundanas que ya nos pasaban inadvertidas: el  hecho de salir a la calle, encontrarte con familiares y amigos, los espacios públicos comunes, las actividades al aire libre... está muy bien que los artistas ejerzan ahora por instagram, pero deseo volver a lo de antes. O, al menos, a algo que se le parezca mucho.