Es curioso que es estando ahora fuera de Catalunya cuando me he animado a hacer consumo de productos catalanes siempre que puedo. No sé, es algo que aplaca mi cierta cuota de añoranza (si es que la tengo).

Aquí en Antzuola si voy a desayunar a Koxkor, que es una panadería de la cadena Ogi Berri (como cadena de panaderías me gusta más de Ogizun -pero en el pueblo no hay-), me gusta tomarme un argentino (un croissant dulce con los brazos alargados) y un Cacaolat. Quizá soy el que más consume ese producto en esa panadería, pero lo hago porque en otras panaderías de la misma cadena en otros pueblos (Bergara, por ejemplo) no tienen Cacaolat... y entiendo que cada franquicia pide por separado los batidos de cacao a diferentes marcas. Y antes que se lo lleven otros prefiero dárselo a una marca catalana.

Ya de pequeño, en un viaje a Sevilla con mis padres y mi hermana (otro diferente al viaje de la EXPO que ya os expliqué un poco aquí) recuerdo pedir en el desayuno del Hotel Bécquer al camarero "un Cacaolat" y el pobre chico no pudo evitar responder estupefacto "¿¿¿un Caca... qué???". Ahí fue cuando me di cuenta de la relación entre la geolocalización del consumo y la identidad.

Para acondicionar el piso de alquiler en el que estamos he tenido que comprar una caldera y una vitrocerámica. He optado por una caldera Baxi (a pesar de que mi suegro me "recomendó" Vaillant) y por una vitro de inducción Cata. Hay que recordar que Baxi pertenece a Roca, y que Roca es una empresa de Gavà, el pueblo en el que he vivido casi toda mi vida.