A veces trato de recordar cómo era de pequeño. En general guardo buen recuerdo de mi infancia (no tanto de la pre-adolescencia y adolescencia). Como sociedad ochentera/noventera teníamos poco pero éramos felices. Recuerdo que después del MSX y de un PC 286 de Sinclair sin disco duro ansié mucho (demasiado) tener por fin un 486 con VGA y Sound Blaster. Tardé bastante en tenerlo y soñaba recurrentemente con ello.

Una de las partes que más definen mi infancia son las decisiones 'frikazas' que ya tomaba. Hoy en día seguro que muchos os partís la caja... pero prefiero explicarlo. Resulta que mi padre, al ver que quería una videoconsola, me ofreció una opción dual: me dijo que podía comprarme o una NES o una Mega Drive... lo que yo decidiese. Yo le dije que como todavía no había salido la consola que quería, la Super Nintendo (que tuve de salida y fue uno de los días más felices de mi vida), que prefería tener la NES por los Marios y el Zelda. ¡Jajaja! rechacé una máquina de 16 bits por la NES... tiene huevos la cosa.

Otra de esas decisiones, y que implicaron a toda mi familia, fue elegir en 1992 a dónde íbamos de vacaciones de verano. Las opciones que me dieron mis padres fueron: Disneyland París o la EXPO de Sevilla. Ya sabéis lo que elegí, ¿no? Y es que mi argumento era de peso: "¡La EXPO sólo va a estar este verano, Disneyland París estará ahí siempre!". Pues nada, que me sellé todo el pasaporte ese verano a 40 grados... suerte del pabellón de Chile, que hicieron la barbaridad ecológica de traer un trozo de iceberg de la Antártida Chilena y era el único sitio en el que se estaba fresquito.