Hace unos años que dejé de confiar en uno de los grandes "expertos" sobre juegos de nuestro país. Le escuché decir en la radio que el Tetris se basaba en una fórmula que no tenía final. Dijo también que simplemente incrementaba la dificultad aumentando la velocidad de caída de las piezas hasta que así conseguía eliminar al jugador. ¡¡¡ERROR!!!

Cuando argumentó eso rápidamente recordé los piques familiares que tuvimos con la primera Game Boy jugando precisamente al Tetris. Y tengo grabado a fuego en la memoria cómo mi hermana se pasaba el juego y le salía una pantalla con un cohete (un cohete enorme, después de haberle salido otros más finos de final de nivel, y finalmente la palabra CONGRATULATIONS!). Cosa que ni yo, 6 años menor que ella, ni mi padre conseguimos. Y mi padre se quedaba alguna que otra madrugada intentándolo una y otra vez.

Mi hermana, a la que en casa siempre llamamos cariñosamente Puchi, tiene mucho mérito. No sólo por pasarse el Tetris. No sólo por haberme ayudado a desenmascarar falsos profetas del 'expertisement' lúdico estatal... también lo tiene porque "se nos meó en la cara" con toda su diversidad funcional a cuestas. Y es que la distrofia muscular que padece no le impedía en pleno 1991 mover con absoluta rapidez y atino sus finos dedos. Esos dedos que todavía tienen una magia increíble para hacerme estupendos masajes de manos. Tieta, Puchi, te queremos un montón.